mientras escribo
mientras avanzo
sobre la elegancia
de un texto
me duele la garganta

eso quiere decir
que me estoy haciendo trampa
que no estoy diciendo
lo que al sonido de la palabra
le corresponde

oíme
cautiva
casa sola
crudeza
soy una sola
es de noche
estallo hacia adentro
me acuchillo
la parte más pájaro
del corazón

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Fin de fiesta

Contra quién refregar
el miedo
en qué lugar juntar el fuego
a dónde romper la palabra
si vengo
de haber cruzado las luces los hijos la montaña

-Qué viene de haber visto
la explosión de un niño, un silencio?-
quién
a quién
decime

En guerra

Hay un momento del día -o de la noche, pero más del día-, en que tu recuerdo se vuelve ensordecedor: oigo un piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii en el centro de comandos que es mi cabeza y tengo que hacer algo, porque es inminente: después del pitido venís vos.Sería más o menos así: “es una ciudad en la que acaba de sonar una sirena que les recuerda a todos que están en guerra. Enmudecen. Buscan refugio mientras se preguntan cosas de la vida de la muerte de los escombros. Se sorprenden y se aturden aun cuando esa sirena suene día tras día en su ciudad. Porque nadie se acostumbra a eso”.

Después del pitido, te venia diciendo, es que tengo que cortar todo, prenderme un cigarrillo o bailar. Cerrar las cortinas y descangallarme con una cumbia polenta. Y hacerme polvo. Ofrecerle una toma letal al cuello, con la vieja estrategia de para-que-te-duela-otra-cosa, hacerle los coros a Miguel Conejito Alejandro o arengar a un público imaginario: “eh, mi novia sí sabe/ cómo se baila la cumbia/ y al sonar lo tambores/ si no la invito me invita ella”.

Y en la violencia de un movimiento que puede venir de la cadera o del hombro poder decir que desde que no estás todo es un embole, que no hay espasmos ni ternura ni futuro.

Sería más o menos así: “hay una ciudad en guerra y un momento del día -o de la noche, pero más del día- en que te llamo a gritos. 

Corrientes al 1100

En rincones donde el día no entra
me desencuentro con la lluvia de afuera
que cae sin saber si es París, Zagreb
o Buenos Aires
Devengo luna
con prescindencia de mí
con consciencia del mar
con certeza de lo que vendrá
cuando salga de acá
y la ciudad sea copia 
limpia
triste
de los tiempos radiantes

L’esprit de l’escalier

 

Me estrello contra la robustez de tu silencio. Me rompo y me vuelvo partes de cosas que no son yo.
No sé qué noche atraviesa ahora el territorio donde desembarqué con mis luces, mis cosas y en el que permaneciste conmigo.
Ahí voy de nuevo. La dureza del muro, el latigazo de mi cuello y el grito viejo, la pregunta por si llegué tarde otra vez. Ahora escucho la voz que viene desde adentro del silencio. Siento la paradoja.  

Ya estuve aquí antes: los déjà vu son fenómenos del cerebro o de mandinga. Yo, parada frente a esto, digo que de supervivencia.

“La luz es difundida en todas direcciones por las moléculas del aire, llegando al observador e iluminando todo su entorno”

 

Siempre pienso que en los minutos que dura un atardecer, Dios o esa fuerza que se llama Dios a veces, abre las puertas de algo y nos lo deja ver. Y las nubes son a veces una costa con mar y pájaros comiendo cosas que no están vivas, un Xul Solar sobre una pared azul, un puñado de frutillas recién lavadas, unos copos de azúcar en la mano de una niña que juega.

Esta tarde que el sol ilumina los bañados del oeste y que hay barcos y espejos, entiendo que hay cosas de este mundo que no me quiero perder. El crepúsculo que aparece en la ventana al sur de mi casa es una. Aunque breve, es una puerta. Y ya sabemos qué funciones cumplen las puertas en las casas, en los besos, en los juegos.

Carta número 1

Carta Número 1

Paraná, octubre.

Querido:

Necesito que deje de dolerme la panza de quererte.

Y encontrar una canción de amor para mandarte puede ser una solución provisoria, aunque no estaría resultando. Vuelvo todos los días a mi casa después del trabajo sin la canción y eso hace que piense que todavía no ha sido escrita, que a nadie se le ocurrió una música que logre acompasar el corazón frutado de esa palabra que quiero decirte. Sospecho que por eso tengo silencio y dolor de panza. Cuando encuentre la canción, oíme, cuando al fin la encuentre, lo voy a saber. Y una sensación de justicia invadirá todo. Llegaré a ella por algoritmos o migas que otros dejaron. Y te la voy a enviar, querido. Surcará zanjas barrosas de tiempo y espacio, llegará a vos como venida de una guerra.

Presiento que será una pieza redonda hecha de sal ¿Vos decís que cierro demasiado el espectro de posibilidades? ¿Que la estoy buscando en el lugar equivocado? ¿Que quizá no tenga acordes menores sino mayores y sea más alegre de lo que pienso? Puede ser. Te prometo calibrar mejor. Voy a mandar esa canción envuelta en papel de facturitas, ese que de afuera pareciera contener nada o poco.

En el momento en que escribo esta carta quizá alguien esté a punto de crearla. Quizá esté pronto a suspender la entropía a la que todo está sometido y yo deba desdecirme, querido. Como sea: tengo que esperarla en el mismo silencio en el que permanezco sin vos. Ojalá alguien esté ahora ubicando un sonido junto a otro, un germen, un decir que la traiga a este plano de la vida. Ojalá por mí, por vos, por este dolor de panza madeja de pelos y de años.